año nuevo y todas esas cosas

/ 1 ene 2023 /
La diferencia real que hay entre un 31 de diciembre y un 1 de enero es la misma que existe entre un 24 de mayo y un 25 de mayo, o entre un 8 de octubre y un 9 de octubre. Podría seguir con más ejemplos así, pero para qué. Ya se entiende. Si esto que afirmo no parece cierto es por el "peso" que el calendario al que ya se está acostumbrado tiene en la mente colectiva. Si hubiera nacido y vivido toda mi vida en China, estaría esperando hasta el 22 de enero (del calendario gregoriano) para comenzar el año. Y el año pasado lo habría hecho el 1 de febrero. Si fuera musulmán, el año nuevo no habría empezado hoy, sino el pasado 15 de diciembre (también del calendario gregoriano). Si fuera... (etcétera).
Lo que es cierto es que la Tierra va girando sobre su propio eje, que también va dando vueltas alrededor del Sol y que la Luna va dando vueltas a la Tierra. Y, basándose en eso, la gente decidió contar sus días y empaquetarlos en cajas para organizar sus tiempos: el de dormir y el de estar despierto, sueño y vigilia, las lunas nuevas, llenas, crecientes y menguantes, las estaciones (con sus fríos y calores, lluvias y secanos), las cosechas y las fiestas y pausas asociadas a todas estas cosas. Y como todo da vueltas, es difícil saber dónde empieza y dónde acaba algo que, en apariencia, siempre vuelve al mismo sitio, así que se marca un punto que podría estar aquí o allí. Por más importancia que se le dé a ese punto, la vida es la sucesión de todos los puntos, y ninguno es más importante que el otro. A priori. Luego, cuando se van usando los tiempos, eso ya es otro cantar.
Podría decir que mi nuevo año es el punto que coincide con el giro que me lleva a un punto que es un eco del punto en que comenzó mi existencia. Bien. Pero como no vivo solitario en este planeta, al final entre todos nos conformamos con un punto bastante arbitrario y que sirva también para la demás gente, un punto en el que decimos que ahí vuelve a recomenzar todo. Y fiesta. Y brindis. Y propósitos para el nuevo miniciclo. Año nuevo y todas esas cosas.

La ilusión es que algo sustancial cambia en ese punto arbitrario. Y digo "ilusión" como a quien le están haciendo un truco de magia, una trampa consentida. No hay tal cambio. Es el mismo cambio que hay entre un punto cualquiera y el siguiente, y los propósitos tendrán la misma validez que si se hacen un 29 de abril.
Hace tiempo me contaron la historia de un señor que tenía el bigote manchado de porquería. Él no lo sabía, solo sabía que todo le olía mal. Se fue a otro pueblo, a otra ciudad, a otro país, y todo le seguía oliendo igual de mal porque la porquería la llevaba siempre consigo en su bigote. Sí, ya sé, cualquier persona se habría limpiado el bigote hace tiempo, pero esto es solo un cuento: por favor, mira lo que señala el dedo, no te quedes mirando la punta del dedo. Lo que quiero decir es que no importa adónde vayas, a qué espacio o a qué tiempo, si tú sigues siendo el mismo no esperes ver cambios. Si entras en 2023 (o en el día que sea) con la misma actitud, con las mismas expectativas, con el mismo ideario que tenías en 2022 (o en el día anterior al que sea) entonces todo te va a oler igual de bien o igual de mal.
Creo que fue Mahatma Gandhi quien dijo aquello de que si quieres ver un cambio en el mundo sé tú ese cambio. Parece sencillo. Pues eso.

Feliz año nuevo y todas esas cosas.


fantasma

/ 14 nov 2022 /
En mi casa hay un fantasma. Y la única duda que he tenido al escribir esta frase estaba en el verbo, porque no sabía si utilizar haber, vivir, tener, merodear o cualquier otro. He descartado vivir pensando en qué tipo de existencia es la de los fantasmas: disuelta, evaporada, inconsistente. Y como no siento que sea de mi propiedad ni me siento responsable de sus andanzas, aunque esté en mi casa, tampoco he escrito tener. Merodear podría servir. Pero al final me he quedado con haber porque me resulta una forma más aséptica.
Quizás respondía esto a un deseo inicial. El deseo de que no fuera más que un asunto transitorio que, igual que sucede con un dolor de cabeza o con una tormenta repentina, después de pasado un tiempo se desvanece y se olvida.

Pero en este caso no ha sido posible llegar al punto sin retorno del olvido.
La primera vez que creí percibir al inquilino no invitado fue hace tiempo, en una de esas noches envueltas por el silencio del hogar. Mis ojos iban recorriendo con cansancio las palabras aparcadas sobre las páginas de un libro y comencé a sentirme arrullado por el sonido de lo que me parecía mi propia respiración, el entrar y salir del aire rozando el interior de la nariz, deslizándose al ritmo de una apacible cadencia, como si fuera el pulso de un fluido cuya propia vida entregara a quien lo inspira y lo exhala. Un sonido de calma, un grillo etéreo y sin prisa que frota sus élitros en la urdimbre de la noche. El efecto hipnótico se quebró al notar un desacompasamiento. Ahora, cuando mi nariz aspiraba el aire, mis oídos escuchaban la espiración, y en el momento en que soltaba el aire lo que oían era una inspiración. Perplejidad. Creo que dejé de respirar, pero el aire seguía produciendo el sonido de un hálito. Algo respiraba a mi lado.
Y esa presencia se hizo cada vez más presente en casa. A veces la escuchaba respirar, otras veces escuchaba su caminar arrastrando los pies, alguna vez un tropezón con un mueble, una luz que se enciende, una luz que se apaga, el crujido de una puerta que se abre o el de una puerta que se cierra, un ronquido en la noche, un tintineo de cubiertos en el plato durante una comida allá en la cocina mientras yo estoy acá en el salón. El soplo de un viento que no es viento. Un suspiro perdido, un lamento, un sollozo apagado. Una risa efervescente, un eureka jubiloso. Una espuma de emociones alrededor.
Día tras día, el espectro cautivo en casa, viviendo su extraña vida: un puzle al que le faltan piezas, un libro sin algunos capítulos ni final. Un trasto roto que no sabe adónde ir y me hace compañía.

Cansado de no ver nunca a mi constante huésped, me he decidido a capturarlo y estoy preparado para ser un capitán Ahab, "el viejo" Santiago en el mar o la diosa Artemisa si fuera necesario, qué sé yo. Quiero contemplar su rostro. Descubrir en él la veta de tristeza, el destello de esperanza en su frente o el desvarío en la mirada, y satisfacer de este modo mi curiosidad. Así que voy maquinando la trampa que revelará el oleaje de sus idas y venidas. Algo sencillo pero eficaz: un dispositivo oculto, algo que filme su figura. Y ya solo necesito paciencia. Mucha paciencia.
...

¡Y por fin lo tengo!
Está atrapado entre unos y ceros. El espectro es ahora un montón de bits enjaulados.
Pero no me apresuro, ya no me devora la curiosidad. Él sigue en la mazmorra electrónica, el nuevo hogar adonde lo he trasladado, y yo ya no me atrevo a mirar más allá de los barrotes de su celda. No lo necesito. Quizás porque ya sé (creo que siempre lo supe) que la imagen que me mostrará la grabación no es más que mi propia imagen.
Yo soy el fantasma que hay en mi casa.

Nada de ti, nada de mí.
Una brisa sin aire soy yo.
Nada de nadie.

                              - Evangelina Sobredo aka Cecilia


la serpiente

/ 6 oct 2022 /
Una de las historias más antiguas de nuestro pueblo relata cómo todas las personas vivían en una aparente armonía en el principio de todas las cosas y cómo las diferencias eran entendidas como una bendición de la naturaleza en su propósito de enriquecer a todas sus criaturas. Igual que la variedad de plantas y animales en la jungla es la mayor riqueza que atesora —al tiempo que sostiene su equilibrio—, o que la variedad de los frutos en la cosecha es la felicidad de los campesinos en las fiestas, o que la diversidad de los miembros, tejidos y vísceras del cuerpo es lo que permite un maravilloso funcionamiento del organismo. Pero los ancianos y los sabios recelaban. Ellos vaticinaron la desgracia que sobrevendría mientras escudriñaban en el cielo los jirones de nubes, hilachas oscuras casi imperceptibles que se elevaban desde los poblados. Cada resentimiento, cada prejuicio, cada conflicto aletargado, cada asechanza, cada menosprecio y cada soberbia ardían en las hogueras de las habitaciones de las gentes y su humo sutil iba engordando la tormenta que se avecinaba.

Sucedió al fin que la atmósfera se cubrió de nubes tan espesas y tan lóbregas que parecía que la misma noche se hubiera adelantado sin ser anunciada. Entonces se desató la lluvia durante tres jornadas, sin descanso hasta que el cielo volvió a mostrar el brillo de sus días luminosos. La oscuridad extemporánea había cesado. Pero, desde las montañas circundantes, el agua de las lluvias encontró los cauces para descender hasta los poblados y separar las moradas a uno y otro lado del río que fue creando. Ese río se cubrió de escamas y se transformó en una serpiente terrible que atacó a las multitudes de una y de otra orilla, envenenando a unos contra otros. Se desplazó por todo el territorio, retorciéndose y agitándose, sembrando su peste entre la humanidad, devorando y destruyendo, separando lo que desde el principio había permanecido hermanado.

La serpiente siguió creciendo y alargándose. Viajó hasta alcanzar todas las tierras, todos los continentes. Siguió dividiendo pueblos y distanciando a gentes, siguió envenenando, enfrentando y asolando.
Cuando terminó la Era del Agua, llegó el momento en que las personas se sometieron al dominio de la serpiente y se acostumbraron a su presencia. Y comenzó la Era del Viento. Y el nombre que nuestro pueblo dio a la serpiente fue «Frontera».


hearthfire

/ 30 sept 2022 /
Treinta pequeñas revoluciones contenidas en la doceava parte de la gran revolución. Y así es en cada ciclo. Hoy es la última de esas treinta, que se irá para siempre, se esfumará, quedará como una temblorosa ilusión amontonada entre recuerdos olvidados. Y así es en el enorme conjunto de las épocas.

Septiembre es un sol infantil, tímido y huidizo en algunos momentos, juguetón, sonriente y jubiloso en otros.
Es un alquimista que prueba en su laboratorio la fórmula arcana de la frontera entre estaciones, y mezcla gotas de otoño vertidas en un matraz de verano.
Es una tregua efímera entre hormigas y cigarras.
Es un cielo estival en el que fondean las primeras lágrimas, recién llegadas en su migración de cada temporada.
Es el arrullo del atardecer distraído y apacible, el silencio que anhela ser melodía, el traqueteo del tren que repta perezoso sobre eternas cintas de hierro, el atleta que refrena su carrera a pocas zancadas de la meta.
Es el óxido en la esmeralda de los árboles.
Es la última paleta de colores del estío.
Es la receta que transmuta sudores en melancolías.
Es una botella que se vacía en otra, dos nubes que chocan en la atmósfera.

Se agotan las pulsaciones en el despertador de septiembre, hasta el momento en que resuene el timbre que anuncia el final del sueño y sea tiempo de revivir. Revivir a otra etapa. Septiembre, el fuego del hogar, se extingue tranquilo. Exhala las postreras vaharadas, que apenas empañan los vidrios de los ventanales, en un último estertor antes de enfriarse del todo.
En el bosque, el avellano se despide a su manera. Agitaría su pañuelo como homenaje final si esa fuera su costumbre. En cambio, una hoja marrón se desprende de su rama y trazando lentos círculos, como una representación de los ciclos de la vida, se desliza sobre el aire tibio y planea hasta posarse suavemente en el suelo.


la primera clave de la escritura

/ 28 sept 2022 /
Hubo un tiempo en que estuve bastante relacionado con el intramundo del conservatorio y allí, en sus entrañas, conocí a personas fascinantes. Por ejemplo, no me olvido de una mujer cuya pasiva actitud externa de ninguna manera concordaba con la fuerte determinación y con la energía que bullía en su interior. Aparentemente calmada por fuera, encerraba dentro de esa corteza un torbellino irrefrenable. O varios torbellinos. Si escribo esto aquí es por el recuerdo de una ocasión en que el equipo directivo del conservatorio, del que ella formaba parte, estaba preparando un concierto de inicio de curso y todo parecía precipitarse hacia el caos. Faltaba esto o aquello en el auditorio, tales o cuales profesores no estaban a punto, fallaban algunas cosas en el programa que se estaba imprimiendo... Y en esos momentos de tensión, casi de desesperación, con los responsables probando a desdoblarse para estar en varios sitios a la vez, echando humo y resoplando, esta mujer en tono templado suelta una frase: "¿Qué tengo que hacer ahora mismo? Tocar el piano. Pues me voy a tocar el piano". Y todos los demás agobios dejaron de existir. Fue como si de pronto la serenidad hubiera vencido al desbarajuste.
¿Qué tengo que hacer ahora mismo? Cuántas veces me lo he preguntado desde entonces.

William Forrester fue un ficticio escritor de origen escocés, ganador del premio Pulitzer y autor de una única novela, Avalon landing, una obra maestra de la literatura estadounidense, que le reporta tanta fama y admiración que termina con el escritor huyendo de los focos de la sociedad y escondiéndose en un piso atestado de libros en el Bronx, del que ya nunca sale y que será desde entonces su prisión y fortaleza particular, todo al mismo tiempo. Es indudable que este protagonista de la historia que relata la película Descubriendo a Forrester (Finding Forrester, del año 2000) está inspirado en Jerome David Salinger, autor también de una única gran novela: El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye), publicada en 1951. El otro protagonista de la película es un adolescente afroamericano con talento para la escritura que, por esos azares de la vida, acaba encontrándose con el escritor y le pide su ayuda para que vaya dirigiendo sus aún inseguros pasos hasta poder lanzarse finalmente al galope tendido en su propio derrotero.
En su piso, Forrester le anima a escribir, sin más. Y ante las dudas del joven para comenzar a teclear en la máquina, el veterano escritor le dice:
- ¿Algún problema?
- No. Estoy pensando.
- No, no, no. No se piensa. Eso viene luego.
Y sigue:
- Escribe tu primer borrador con el corazón. Y reescríbelo con la cabeza. La primera clave de la escritura es: escribir. No pensar.

Pero este que ahora cuenta estas cosas se dedica a pensar demasiado y por eso escribe tan poco. Tan poco que ya es nada. Pasan los meses y nada queda grabado en el papel virtual del blog. Y pensando en Cristina y pensando en Forrester, me digo a mí mismo que aunque todo esto solo sea un espejismo de realidad me gustaría practicar esa primera clave de la escritura y escribir. Escribir, solo escribir. Ya pensaré después.

Me dijo una vez un amigo, creo recordar las palabras, que la paz no proviene de la victoria sino que es la victoria la que proviene de la paz. Yo solo sé que estoy necesitado de alguna victoria y de algo de paz, pero quizás haya equivocado el orden de mi amigo, buscando la paz a través de alguna victoria.
Me voy a enmendar. Estoy convencido de que lo que tengo que hacer ahora mismo es escribir y que al escribir encontraré esa pizca de paz que tanto anhelo.
Lo demás vendrá por añadidura.


autoliteratura

/ 8 mar 2022 /

      Había en el barrio de los Pintores, en el 5º piso del número 14 de la plaza Rembrandt, una mujer extraordinaria llamada Eloísa Pearce que tenía el don singular de escuchar los pensamientos de otras personas expresados por ellas mismas con sus propias palabras. En no pocas ocasiones esto le resultaba muy chocante a Eloísa, que no terminaba de acostumbrarse a escuchar mensajes contradictorios saliendo de la boca de quienes se relacionaban con ella. Y puesto que no podía distinguir en un primer momento qué era lo dicho y qué era lo pensado (a sus oídos todo sonaba de la misma manera), tenía que analizar bastante cada situación para saber qué debía responder cuando no tenía más remedio que hacerlo.

El modo en que adquirió esta extraña cualidad se debió a un error en la burocracia cósmica. Fue un día en que Eloísa tuvo que atender en su trabajo en la asesoría que regentaba a un personaje estrambótico a quien no lograba comprender cuando le hablaba, y no porque se expresase en un idioma que ella no conociera sino por la forma caótica en que aquel cliente formaba las frases que salían de su boca. Fue entonces cuando pensó en el imposible deseo. Qué bueno sería conocer sus pensamientos, así, sin el tamiz de la vocalización en cuya red quedan tantas cosas atrapadas. Y, sin saberlo, exhaló ese deseo en un suspiro que impactó con otro deseo en el aire, aunque este sí estaba correctamente tramitado para ser considerado por el tribunal correspondiente. El azar provocó que el deseo de Eloísa desplazara al otro en su formal embalaje y que fuera atendido, aprobado e inmediatamente concedido, como si se tratara del original. Así fue cómo, de pronto, Eloísa estaba escuchando al hombre estrambótico expresarse con mucha mayor claridad y ahora incluso parecía que sus intenciones distaban bastante de las iniciales. En fin, ella no dio mucha importancia a todo esto hasta que al terminar la jornada y salir a la calle le pareció que ahí afuera todo el mundo le contaba al aire sus monólogos internos. ¿Por qué todos hablaban solos? Y peor todavía, ¿por qué quienes hablaban con otras personas tenían a veces dos discursos distintos y simultáneos? Nadie estaba callado, todo era bastante extraño.

Los primeros días, Eloísa encontró bastante diversión con su nueva capacidad. A veces tenía que reprimir la risa cuando notaba que alguien se ponía en evidencia. No había ningún detalle bochornoso que las personas pudieran ocultarle, como tampoco los pueriles intentos de tapar la verdad interior con otra cortina de palabras vistiéndola por fuera. Se sintió poderosa. Sintió que estaba un paso por delante de los demás. Pero la sensación se esfumó con las experiencias que a partir de entonces fue viviendo. Por una parte, conocer el pensamiento de alguien no quiere decir que se pueda modelar a voluntad, cosa que le resultaba frustrante en bastantes ocasiones. También se dio cuenta de que muchos de esos pensamientos eran terriblemente hirientes, tenebrosos, implacables, ásperos, desagradables... y empezó a echar de menos cuando todas las personas a su alrededor tenían filtros para suavizar tantas aristas. Y además era un sonido de fondo que no podía apagar. Los demás estaban siempre rumiando sus pensamientos y, por tanto, siempre contándolos en voz alta. En casa, en las noches de insomnio en su cama, podía escuchar a través de los tabiques la voz a gritos de algún vecino que tampoco podía dormir por la agitación de sus pensamientos.

Así fue que Eloísa empezó a distanciarse del resto del mundo todo lo que pudo. Añoraba el silencio. Aprovechaba cualquier oportunidad de fuga, los días libres, las horas libres, para escapar adonde solo escuchara el viento soplando por entre las hojas de los árboles o los sonidos de los animales, algún pájaro, algún roedor, quienes tendrían pensamientos en otras frecuencias que ella no podía escuchar.

Pero un día ocurrió algo asombroso. Eloísa se dirigía a la parada del autobús que la lleva hasta su oficina y cuando llegó se hizo el silencio de las voces. De pronto solo podía escuchar el ruido del tráfico, todas las personas estaban en silencio. Fue un alivio. Pensó que por fin se había cumplido su anhelo tantas veces repetido de revertir aquel otro infortunado deseo de hace unos meses atrás. En realidad no es así. Eloísa no conoce el procedimiento para formular deseos que sean tramitados por el Tribunal de Peticiones y tampoco se ha vuelto a dar la casualidad de que su deseo desbancara a otro correctamente enviado. Y es así cómo, de repente, Eloísa se da cuenta de que su deseo no ha sido concedido porque otra vez vuelven las voces por todas partes y todos en la calle se ponen a hablar de nuevo. ¿Qué ha sucedido? Imposible saberlo. Al final del día, cuando Eloísa llega a casa, tiene ganas de escribir. Enciende su portátil y comienza un relato, quizás su deseo, donde cuenta la historia de Raúl Paulson.

      Había en el barrio de los Inventores, en el 2º piso del número 53 de la calle Nikola Tesla, un solitario hombre llamado Raúl Paulson que había desarrollado de forma permanente la facultad insólita de escuchar solo el silencio cuando otras personas hablaban. Raúl no era una persona sorda. Él podía escuchar cualquier sonido emitido por objetos, máquinas, animales, fenómenos meteorológicos... pero nada que procediera de las bocas de sus congéneres. Aunque en su organismo había ido madurando poco a poco la causa de su sordera selectiva, no fue hasta el día de su trigésimo aniversario cuando se percató de que no podía escuchar a nadie más. Aquel día lo pasó en el hospital, de prueba en prueba. Fue una celebración indeseada. Y fue citado para más y más pruebas, de especialista en especialista, hasta que pudieron dar con la aparente causa de aquella rarísima afección.

A Raúl le habían detectado una anomalía casi imperceptible en el lóbulo temporal. Algo que no suponía ningún riesgo para su vida y algo completamente desconocido hasta entonces por la ciencia médica. No se sabía si alguna cirugía podría ayudar en la recuperación de la audición ni se sabía de ninguna prescripción farmacológica ni terapia que pudiera producir efectos positivos en la anomalía. Sea como fuere, Raúl se había cansado de ir de mano en mano como un ratoncillo de laboratorio con el que se experimenta y decidió que prefería ese semisilencio antes que sentirse con su cerebro bajo la lente de un microscopio. Trató de hacer la vida de antes, aunque ya le resultaba imposible.

En su nueva vida, Raúl tenía el placer del silencio. Tantas veces había pensado en que ojalá no tuviera orejas para escuchar las tonterías que algunos no paraban de decir, y ahora se había salido con la suya. Ahora sus oídos quedaron libres de esas memeces y absurdos. Escapó de las redes sociales donde la gente seguía diciendo estupideces por escrito, desapareció y encontró cierta felicidad en el silencio. Su sentido mermado se desarrolló de otra manera y experimentó el placer de sonidos a los que antes no había dado relevancia. El mundo se había convertido en una sinfonía de ruidos naturales y artificiales que se ensamblaban en su mente con gran belleza. Pero. Con el paso de los meses, Raúl sintió que la ausencia de voces amigas y amadas era demasiado pesada. Tantas canciones instrumentales donde recordaba las partes vocales, tantos tequieros ya nunca susurrados en su oído, tantas conversaciones como árboles invernales despojados de su fronda, diálogos esqueléticos.

Y sucedió un día que, al acercarse a la parada del autobús que le llevaba hasta su casa, las voces humanas volvieron a anidar en sus oídos. Pareció que se atenuaba el ruido del tráfico al ser ocupado ahora por las voces de unos jóvenes que parloteaban sobre sus cosas mientras esperaban al transporte o por las de una pareja que va pasando y parece que hablan de algo del colegio de su hija. Raúl no da crédito. ¿Es posible que se haya corregido la anomalía en su lóbulo temporal? Ahora incluso no le importaría que alguien dijera alguna idiotez. Pero en lugar de eso, al subir al autobús y alejarse de la parada, vuelve el silencio selectivo y desaparecen las voces humanas. El tráfico de fuera y los ruidos del vehículo son ahora los únicos sonidos. Una abuela habla con su nieto, sentados al lado de Raúl, pero él solo ve cómo mueven los labios. Ningún sonido sale de sus bocas. Al llegar a la soledad de su hogar, Raúl tiene ganas de escribir. Enciende su portátil y comienza un relato, quizás sobre algo que cree haber soñado, donde cuenta la historia de Eloísa Pearce.

      Había en el barrio de los Pintores, en el 5º piso del número 14 de la plaza Rembrandt, una mujer extraordinaria llamada Eloísa Pearce que tenía el don singular de escuchar los pensamientos de otras personas expresados por ellas mismas con sus propias palabras.


la mar océana

/ 11 ago 2021 /

Yo, que soy andar, me anclé al azul
de tu mirar, sintiendo paz.
Me das el mar de tu mirada.

(Presuntos implicados,
"Me das el mar")


Contemplar al Gran Azul es contemplarse a uno mismo, mirarse a los ojos, mirarse a las entrañas. Es soñar un sueño lúcido, es indagar en los mil y un misterios, es sembrar en el campo de estrellas líquidas, en el cielo que no se puede pisar. Es acunarse en el nido de todas las aves marinas. Es ver un pasado y un futuro fluctuando en un mismo presente, es recorrer los rumbos que los vientos trazan en una orografía maleable, es imaginar montañas blandas coronadas de nubes espumosas. Es sentir la fragancia de todos los tonos de azul, es volver a ser otra vez el niño travieso que garabatea las paredes y pinta ahora el abismo con salitre, es convertirse en orfebre que atesora turquesas y lapislázulis, índigo, cobalto y esmeraldas, topacios, zafiros y aguamarinas, azuritas, turmalinas, ágatas y diamantes. Es honrar las incontables tumbas sin flores de los incontables aventureros que sucumbieron a su abrazo gélido, encadenados ahora por las algas y hermanados con los peces y los monstruos marinos. Es volar sin alas más allá del finis terrae, es seguir viendo con los ojos cerrados, es fundirse con la oscuridad más luminosa y más bella que han producido el agua y la sal, es reconocer la vida en lo inerte, es fundirse en el infinito.
Es la mar océana.


actores secundarios

/ 10 ago 2021 /
Cuando empezó la plaga todo lo urgente ocupó el lugar de lo importante. Hubo que aparcar los besos y los abrazos, los paseos en compañía, las citas, la risa y la alegría, incluso la melancolía, el sosiego y los sueños, por supuesto las tardes parsimoniosas y también las caricias. La existencia fue sometida a un bombardeo de saturación. Y todo se transformó en la prisa de quien corre sobre un suelo movedizo que no permite desplazarse del mismo sitio, en las malas noticias, en las peores noticias, en las pésimas noticias, también en cenizas, en mensajes que incendiaban todo para crear más cenizas, en cenizos y en buitres que carroñeaban en la ceniza.
Y, sin saber muy bien cómo, llegó la soledad gris, tan distinta de todas esas otras soledades ya vividas o por vivir. Dejé de escuchar tu voz, dejé de ver tu rostro, dejé de sentir tu piel, te me caíste en las profundidades de la lista de whatsapp, tan abajo que te perdí. Te me caíste de la lista de los vivos. Desapareciste. Te desvaneciste. Te devoraron las urgencias igual que ya habían roído la carne de todo lo importante hasta no dejar más que huesos resecos. Y así prosiguió la supervivencia zombificada, enclaustrada, encasillada, desnaturalizada, tan gris como la soledad gris, desterrada, trastornada y tiranizada por la urgencia. La urgencia.

Aquel millón de amigos cantados por una voz brasileña se quedaron en novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve extras. El sueño de una millonaria amistad se lo tragó un microscópico virus.
Todos se convirtieron en actores secundarios y no hubo más protagonistas en ninguna película. No éramos urgentes, fuimos apartados de la acción principal. Yo fui actor secundario en las cintas de otros y otros lo fueron en la mía. La era dorada del celuloide humano, de este cine de vidas interconectadas, se derrumbó como se derrumban los imperios en su apogeo, para quizás volver a resurgir renovado, transformado, en algún momento futuro. Quién sabe.

Nada es igual en cada nueva vuelta al sol. Hoy termino y empiezo otra. El sol también se ha desplazado en el cosmos inmenso, en su propio derrotero, y eso hace que cualquier apariencia de ciclo sea solo eso: apariencia. El sacacorchos de la vida, introduciendo todo lo que es en la entraña inexplorada de lo ignoto, trae siempre cosas nuevas y cambiantes. Nada se repite.
Hoy lo veo, en el cielo sereno de la tarde, que cae sin estruendo, sin sonido de trompetas. Quizás resurja una época nueva y en los créditos de las películas vuelvan a figurar los protagonistas en grandes letras blancas sobre un fondo oscuro.
Los tiempos parecen propicios.


humo, sardinas y decibelios

/ 24 jun 2021 /
Se prepara para anochecer el día más largo del año, el de otro año raro, y el momento me encuentra en mi casa. Pero mi casa se revela ahora como un frágil fortín que sucumbe sin resistencia a la invasión de una horda de alborotos, de aromas y de sensaciones que vienen de afuera. En las calles y en las plazas vecinas hay fiesta, hay risas y jolgorio, se asan sardinas al fuego de San Juan, la chavalada juega, se canta la rianxeira, se tocan instrumentos de música, se cuentan anécdotas, se relatan historias a la luz de las hogueras.
Hoy he decidido que no me va a molestar el barullo. Hoy no me importa que la quietud del momento sea herida por una multitud cacofónica ni que quede sepultada por un alud de humo, sardinas y decibelios. Hoy me llena cierta indulgencia.

Nunca he vivido el final de una guerra, porque tampoco he vivido nunca una guerra. Por fortuna. Aunque podría decirse que la "guerra" de nuestra generación, la que ha puesto su sello en esta época, está siendo la guerra contra un enemigo invisible y silencioso. Un enemigo que cada vez vamos sintiendo más derrotado y que nos lleva a un júbilo prematuro aunque justificado. Espero que no imprudente.
Y los cantos de hoy, la fiesta de hoy, la despreocupación y las ganas de esparcimiento se pueden entender desde la visión del fin de esa guerra. Un final que fue espejismo anhelado hace meses pero que ya se respira en el mismo aire donde forjó su imperio el virus. Por eso he decidido que hoy no me va a molestar el barullo. Aunque me quede en casa, en espíritu también estoy de fiesta.

Y hay una cosa que no deja de sorprenderme. Había pensado que algo que nos dejó el confinamiento, la distancia social y la pandemia en general, era un enfriamiento de las tradiciones. Se dejaron de cumplir las tradiciones durante un tiempo y no hubo ningún resquebrajamiento en los cimientos del cosmos ni se desgarró ningún tejido del espaciotiempo. Pero me parece que el anhelo de las personas por aferrarse a ritos (que alguien originó en algún momento por algún motivo lejano y muchas veces desconocido) sigue tan vivo como antes. Me hace pensar que hay algo en la propia naturaleza humana que está muy enredado en estas inercias de las que no se acaba de librar.
Quizás nunca sea el momento de abandonar las antiguas tradiciones y reemplazarlas por otras nuevas. Quizás nunca sea el momento de abandonarlas todas. Quizás nunca lo sea por un temor supersticioso, el temor de identificar el fin de las tradiciones con el fin de la Humanidad tal y como la conocemos.
Aunque es posible que esto no resultara tan catastrófico como suena.


cartografía

/ 8 mar 2021 /
      el amor que cura las heridas
    regará tu tierra y mis semillas
                                                            (Presuntos Implicados)

Imagina que puedes convertir tiempo en espacio, que puedes hacer de tu vida un lugar, y que ya no son años, instantes o primaveras, sino kilómetros, millas y leguas. Imagina que puedes medir la superficie de tu existencia, cambiante pero tangible. Imagina que puedes recorrer el país de tu vida, en cualquier dirección, ya no hay pasado ni futuro. Aún no existe -solo la puedes imaginar- toda la tierra que no ha sido descubierta todavía, que es sin ser o que está sin estar. Y, en cambio, sí que puedes transitar por todas aquellas regiones que se han ido poblando de tus cotidianidades, aquí y allí, de todo lo que eres no importa dónde, siempre en presente. Porque cartografiar así es relatar un presente eterno. Cambiarás los adverbios de tiempo por los de lugar, reducirás los tiempos verbales a uno único, y podrás decirme que aquí, en este territorio, las cosas son de una manera, pero allí, en aquella otra provincia, son distintas. Y también te das cuenta de que cambian si te aventuras en esa carretera que te lleva al distrito de tu primer amor o a la región de tu paso por la universidad o a la ciudad de tu infancia. Puedes ver tu evolución personal viajando de un lugar a otro.

Existen, en medio de las comarcas de tu vida, algunos lugares de refugio a los que vuelves con cierta frecuencia mientras sigues descubriendo nuevos territorios. Son lugares de refrigerio y de experiencias dichosas. Cada vez que vuelves te sigues maravillando por la hermosura de sus paisajes, la calidez del clima, el color de los atardeceres, la lenta luz que impregna cada superficie, y te sumerges en sensaciones que parecen siempre nuevas a pesar de todo. Es como si la erosión no consiguiera borrar las huellas que dejaste en un éxtasis perenne.
Al contrario, otros lugares menos frecuentados se van llenando de espesas nieblas y es cada vez más difícil divisarlos. Algunos parajes acaban devorados por sombras y no se encuentra ya ningún camino que desemboque en ellos. Desgajados del territorio, inaccesibles desde Vigilia, ya solo se podrán alcanzar desde la misteriosa isla de Sueño, y solo si las caprichosas mareas y los vientos revoltosos son favorables para tal expedición.

Pero lo que descubres en tus viajes es que tu país no es solo tu país. Es el nuestro. Es el tuyo y el de todas las personas que pusieron sus pies en él, que cruzaron la frontera igual que tú cruzaste sus fronteras. Vives en un mundo de países superpuestos, de trazos difusos y enmarañados, de cartografías complejas. Aquel horizonte que se veía desde allí, ¿era tuyo o era mío? ¿Y los árboles del camino? Tampoco sabría decirte qué hay del acantilado, de la foresta, de la villa. Ni de la pradera. Ni de aquella playa tan fascinante. Quizás hubiera existido sin ti, en mi país, pero no habría sido la playa fascinante acariciada por el mar en que me gusta bañarme los días grises, porque allí siempre es verano, siempre estás tú. Tú, en mi país. Nunca extranjera, nunca exótica. ¿O es tu país y soy yo el forastero?
No lo sé.
Quizás esto sí:
Un día descubrirás nuevos territorios en tu buena patria y yo también estaré allí. Y ni tú ni yo sabremos dónde estamos. No importará mucho. Sea donde sea, el lugar será uno de nuestros paisajes favoritos, nuestro refugio, el lugar al que volvemos para sentir el pulso sincronizado de nuestros países hechos uno. Allí. Justo allí.



 
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