Mostrando entradas con la etiqueta palabras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta palabras. Mostrar todas las entradas

paradoja

/ 20 dic 2017 /
Primero fueron los días del sol metálico, de rayos fríos y cielos azules. Emperador de días breves. Parecía que quisiera caldear la tierra, pero era inútil: el invierno estaba ya demasiado cerca.
Luego, de forma tan natural como inesperada, comenzó a caer una fina lluvia. Constante y tenue. Tan ligera que incluso el tiempo transcurría a su pausado ritmo. La luz era lenta y se deslizaba de forma suave por cada superficie que iba impregnando. El cielo tenía el color y la textura del interior de una inmensa perla donde estuviera engastada la ciudad. La misma ciudad era un cuerpo extraño que el molusco intentaba cubrir de nácar, lágrima a lágrima, llovizna a llovizna, tratando de sofocar su aflicción.
Después rugió una manada de bestias feroces y barrieron todo a su paso. Se había desatado la tempestad. Crujieron los árboles, sus copas fueron azotadas por los látigos del vendaval, se estremeció el mar y también se retorcieron las nubes, ahora de un perturbador gris oscuro. Quisimos volar. Pero no, aún no.
Y por fin volvió otra vez el cielo despejado, infinito, con su sol metálico y frío, como si hubiera que cerrar un ciclo antes del comienzo del invierno. El otoño se entrega ya a un exilio temporal. Los rayos se congelan en el aire y la diminuta esfera brillante no dispone del tiempo necesario para calentar las almas.

Ni la fría atmósfera de intenso azul ni su sol de latón, ni el cielo como una perla ni la lluvia tenue, ni los azotes del temporal ni la hojarasca arrastrada por el viento, ni de nuevo el sol frío fueron capaces de remover el tapón del depósito de mis palabras. Palabras que, porque no desaguaron, nunca llegaron a tener la materialidad de lo escrito. Este tapón, que es una especie de pena honda colocada en el sumidero, me impide el fluir espontáneo de ideas y sentimientos hacia fuera de mí.
¿Por qué no se alivia ya esta presión?
A falta de otro medio, he decidido quebrantar la ley impuesta de silencios con una paradoja.
Y escribo, por fin, para contar que no soy capaz de escribir.


plural

/ 30 may 2016 /
- ¡Eh, tú! ¡Ogro!
- ¿Siiiií?
- Por orden de Lord Farquaad... estoy facultado para arrestaros a ambos y... co... conduciros a un... centro de... rehabilitación es... pe... pecial.
- No me digas. ¿Tú y cuántos más?
(detrás, la guardia ha huido)

Escena del film "Shrek", de Dreamworks

Un rey, cuando se refiere a sí mismo y aun siendo una sola persona, escribe en plural. El Papa, cuando se refiere a sí mismo y aun siendo una sola persona, escribe en plural. Esto es lo que se conoce como plural mayestático. Es un caso típico en que, debiéndose utilizar el singular por la sencilla lógica de la aritmética más básica, se usa en cambio un plural. Hay más casos, que se conocen por otros nombres: plural sociativo o plural de modestia. Así, por ejemplo, cuando alguien se refiere a sí mismo en algún tipo de obra que ha sido realizada por él en exclusiva puede emplear el plural de modestia y escribir cosas como: "Las conclusiones a las que hemos llegado en el presente trabajo son (...)" (Vale, ¿tú y cuántos más? ¡ah, que has sido solo tú!).

Cuando me encuentro con estos plurales de pega siento cada vez más fastidio, a pesar de que su uso está extendidísimo. Empiezo a llamarlo el plural de cobardía. Me explico: usar estos plurales me parece el recurso de alguien que se acobarda por el hecho de ser un solo individuo cuando enuncia algo o da una opinión y necesita el respaldo de una masa (hipotética) que convierta su singularidad en pluralidad. Es decir, dar apariencia de mayoritario a lo que se dice en el entorno tan "democrático" en el que suceden estas historias. Ya sabes: la mayoría siempre debe tener la razón por ser mayoría.
Es muy frecuente encontrarse esta forma de escribir en el ambiente "bloguero" (donde abundan los minifilósofos de andar por casa, que de todo saben y de todo opinan en nombre de la entera Humanidad) y lo digo porque yo también la he utilizado bastante en otro tiempo, aunque estoy intentando liberarme de esta lacra. No soy el portavoz de nadie más que de mí mismo y por ese motivo no tengo por qué escribir las cosas empleando plurales, v.g.: "somos manipulables", "creemos que es posible cambiar esto", "pensamos que este es el camino", "nos gustan las cosas así", etc. Ya no más esa cantinela. Ahora prefiero y me parece más correcto escribir: "soy manipulable", "creo que es posible cambiar esto", "pienso que este es el camino", "me gustan las cosas así", etc., y que cada cual diga lo que es, lo que cree, lo que piensa o lo que le gusta, según su propia opinión y por su cuenta y riesgo, sin ampararse en lo que debería ser la condición o la opinión mayoritaria de la multitud.

Como decía, el uso de este plural de cobardía está tan extendido que, cómo no, también se ha hecho su gran hueco en la cosa política, donde decir que tienes una buena mayoría que te respalda es lo que te va a llenar de razón. Sin más. Porque sí.
Que un partido político se apropie de las marcas el pueblo™ o la gente™ no debería extrañar a nadie. Si la soberanía reside en el pueblo, imagínate lo que puede suponer convertirte en el dueño de esa marca y decidir quién es el pueblo™ y quién es el enemigo [del pueblo™]. Nada nuevo bajo el sol. Mao Zedong ya había dividido el mundo en dos de esta misma forma [1].

Recuerdo haber visto hace años una viñeta representativa de este vicio de convertirse en portavoz no solicitado. Alguien que parecía un manifestante, aunque actuaba en solitario, esgrimía una pancarta con el típico eslogan "NO NOS REPRESENTAN". A su lado, otro personaje le decía: "El «NOS» sobra. Si acaso, será «ME»".
Bien precisado. Al menos, si se detesta la actitud de rebaño y de pensamiento único. Aunque parece que no. La naturaleza ha inventado el rebaño para que los adictos a la masa o a la cobardía intelectual se sientan bien protegidos en su seno.

---------------
[1] "Para comprender acertadamente los dos diferentes tipos de contradicciones, es necesario, ante todo, precisar qué se entiende por pueblo y qué por enemigo. (…) En la etapa actual, período de edificación del socialismo, integran el pueblo todas las clases, capas y grupos sociales que aprueban y apoyan la causa de la construcción socialista y participan en ella; son enemigos del pueblo todas las fuerzas y grupos sociales que oponen resistencia a la revolución socialista y se muestran hostiles a la construcción socialista o la sabotean".
Mao Zedong, "Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo", fragmento del discurso pronunciado en la XI Sesión (Ampliada) de la Conferencia Suprema de Estado, el 27 de febrero de 1957 y publicado el 19 de junio en Diario del Pueblo, después de que el autor revisara el texto transcrito de las actas e hiciera algunas adiciones. Más tarde fue recogido en El Libro Rojo.


escribir

/ 20 may 2016 /
Hay unas cuantas personas que, aparte de algunas dosis de admiración hacia ellas, producen en mí mismo sensaciones en apariencia contradictorias: al tiempo que hunden mi ánimo en el abismo, elevan mis aspiraciones creadoras a cotas muy elevadas. Una de esas personas a las que concedo tal poder es el pintor y escritor cubano Juan Abreu, de quien ya he hablado por aquí en otras ocasiones.
Hace unos días lo volvió a hacer. En una de las emanaciones (en concreto, la 2912) de su blog personal, Abreu intercaló con total naturalidad una frase espléndida entre otras dos que relataban sucesos tan vulgares como despertar de un mal sueño en mitad de la noche y levantarse a orinar. La frase espléndida: "Afuera el silencio de la madrugada era morado y compacto y las ramas del olivo latían". Es un tipo de frase que Abreu fabrica de manera habitual en sus párrafos, se diría que con una facilidad pasmosa, casi insultante. Y es un tipo de frase imposible para mí. A pesar de que fuera justamente eso lo que yo pretendiera decir, lo que habitara en mi pensamiento pero sin las palabras exactas, aunque me pasara horas, días, meses... tratando de elaborar una frase semejante, dudo que lo consiguiera. No con esa concisión, belleza, emoción, precisión ni plasticidad. No con la fuerza de la sinestesia, de la evocación, de la sensualidad ni de ese lirismo desnudo. Y es ahí donde arrojo la toalla a la vez que anhelo más combate.

Por qué escribir, me he preguntado tantas veces. Por qué desangrarse traspasado por palabras, lacerado por pensamientos que preñan la mente y no acaban de ser vomitados, arrollado por la impericia y sepultado por incertidumbres. Qué es lo que me impulsa a atravesar con tanta frecuencia un vasto desierto donde apenas algunas gotas contadas de creatividad se pueden ordeñar de las nubes famélicas que deja la sequía. Qué me lleva a aventurarme en el laberinto de los bloqueos mentales. Por qué, me sigo preguntando.

Empero, la respuesta es sencilla. Porque me gusta en extremo. Porque no hay parto sin dolor, igual que tampoco hay alumbramiento en que la visión del rostro de la criatura recién aparecida no haya compensado con creces el trance pasado. Porque no se conoce ni existe un sucedáneo que iguale el placer del papel, de la tinta, de la palabra, letra a letra. Porque la emoción se desborda, impetuosa, y ¿quién la puede contener? Porque no elegí que en mi interior habitara este monstruo voraz que debo seguir alimentando, un monstruo ansioso de creación y que se regocija con la inmensa belleza modelándose alrededor.
Por todo esto sigo intentando. Prosigo, mal que bien, componiendo ritmos, sonoridades, añoranzas, ecos y prosas. Porque los que sí saben me empujan con sus palabras, aunque antes me hayan arrastrado por el barro.


bullying

/ 11 feb 2016 /
Igual que sucede con las personas, que tienen una forma de venir a la existencia en dos fases (una es la concepción y la otra es el alumbramiento), también los conceptos llegan al mundo en dos fases: una primera fase es su aparición en forma de acontecimiento, invención, descubrimiento o de sencilla idea, y tras la gestación de este embrión vendría el parto, la segunda fase, que es cuando se le pone nombre. Si bien el pensamiento ya tiene una forma verbal ligada al lenguaje, es la palabra concreta que da nombre a un concepto la que lo ancla al acervo colectivo.
Supongo que eso mismo es lo que ha pasado con "bullying" o "acoso escolar". ¿Existía el acoso antes de ponerle nombre? Seguro que sí. ¿Por qué se crea entonces la etiqueta? Porque se toma conciencia de la magnitud de la cuestión y se cree conveniente dar notoriedad al suceso. La palabra sirve para ese propósito.

Me produce asombro lo mucho que ha crecido este monstruo en los últimos años. Más bien, ha mutado y ha crecido. Me parece que a nadie se le escapa aquello de las novatadas que eran costumbre casi obligatoria en tantos sitios (escuelas, academias, universidades, cuarteles...). Era una costumbre sangrante, cruel, aunque bastante tolerada. Casi institucionalizada, podría decirse, hasta que empezó a ser perseguida. De hecho, era como un requisito de aceptación de los nuevos en el seno de una comunidad que decidía no abrir sus puertas a cualquiera así como así. Una prueba convertida en una llave. Un mero trámite.
Las novatadas no eran un asunto de acoso. No se dirigían a un sujeto concreto (sino a una categoría de sujetos: los nuevos) y no eran constantes. Pasada la prueba, el grupo de los novatos iría "ascendiendo" hasta la categoría de veteranos. Esto podía ser así, aunque cabe pensar también que habría muchos episodios en que, bajo esta cobertura de tradición, se escondieran casos auténticos de acoso personal.
Y el monstruo siguió mutando.

Leía hace poco, a propósito de la noticia del suicidio de una muchacha por un tema de acoso escolar, un artículo de opinión que denunciaba la actitud de los cómplices pasivos del acoso. Son esa tropa de personajes que mientras dura el acoso a un compañero mantienen una postura de no-intervención, quizás incluso de jijí-jajá, riéndole la gracia al matón de turno, sin impedir, sin denunciar, sin decir esta boca es mía. Y luego, llegadas las consecuencias, la tragedia, la desaparición física del compañero, se suman al coro de lamentos, a la orgía de lágrimas, a la procesión de plañideras. Cuando ya nada tiene remedio para la víctima.
En ocasiones, creo que este género de los cómplices pasivos llega a ser más peligroso que los mismísimos acosadores. Y lo pienso desde la perspectiva de las propias experiencias colegiales.

En mis años de colegio no puedo decir que el tema del acoso a compañeros fuera algo candente. Nadie hablaba de eso. ¿Existía? Es muy posible que sí, en mi entorno, quiero decir, aunque en una de sus formas pre-mutantes. Por ejemplo, reconozco con vergüenza haber participado en el uso de un apodo para un compañero, apodo que a este no le hacía ninguna gracia. ¿Era acoso? Tal como se entiende ahora, de ninguna manera. Igual que le poníamos ese apodo, en ningún momento dejaba de estar presente en nuestros grupos, en nuestros juegos y en nuestras actividades, dentro y fuera del colegio. No había nada contra él. Era uno más, aceptado como cualquier otro del grupo. Solo que los chavales son (éramos) así: inmaduros, crueles y bastante tocapelotas. Y con apreciaciones algo confusas, en no pocas ocasiones, de lo correcto y lo incorrecto. En fin, hay cosas que se curan con la edad.
Sin embargo, recuerdo otra situación en que me tocó pasar por esto como "víctima" y que, sin llegar a ser acoso (porque duró un suspiro, por el motivo que explicaré), sí que se acerca más al tema de los matones de colegio. Pongo "colegio", aunque fue en el instituto. Yo tenía 14 años, creo recordar. El fulano en cuestión era de otro grupo del curso y no sé qué idea se habría hecho de mí sin conocerme de nada. El caso es que un día, en la calle, justo después de salir de clase, me amenazó con darme una paliza, citándome en un lugar a una hora de un día de esa semana. Yo no conocía al matón, intenté enterarme de quién era ese fulano agresivo que quería darme de navajazos sin saber ni el motivo. Pasé un día muy angustiado y no me atrevía a hablar del affaire con nadie. Era algo que me desquiciaba: ¿Qué hacer? No había forma de evadirse de aquello. Todo el asunto podría ser solo una bravuconada de un gallito, sin pasar a mayores. O no, y ponerse la cosa muy fea.
La solución, empero, me llegó sola. Al día siguiente, el matón estaba otra vez esperándome a la salida (se acercaba el día de la "cita-de-apalizamiento") y comenzó la sesión de insultos y amenazas. Varios compañeros estaban conmigo en ese momento. Dos de ellos, bastante más corpulentos que yo, se encararon con el matón y le espetaron un simple: "Como nos enteremos de que vuelves a molestar a nuestro amigo, te las vas a ver con nosotros". Fue, de repente, como tener guardaespaldas. Y sin haberlos contratado ni haberles dicho nada previamente. Salió de ellos así. Y eso me convirtió en intocable para el matón. Nunca más.

¿Por qué escribí antes que los cómplices pasivos llegan a ser más peligrosos que los propios acosadores? Queda claro.
Hay una frase que se atribuye a diversos personajes (aunque lo más seguro es que su autoría sea de Edmund Burke) y que dice lo siguiente: Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada.
Y esto es muy cierto en el caso del bullying, donde proliferan unos cuantos matones y un enorme montón de cómplices pasivos.


clientes

/ 14 dic 2015 /
Hay una frase con la que estoy muy en desacuerdo, que dice que el cliente siempre tiene la razón. Es una de esas frases que uno ya escucha de pequeño y se la lleva a cualquier contexto para dejarla en evidencia. Por ejemplo, entra un señor a una tienda y le dice al dependiente: dos más tres son siete. Al dependiente no le queda más remedio que asentir, porque el cliente siempre tiene la razón. Se imaginaba uno qué sucedería si en lugar de alumno fuera cliente. Todos los exámenes se puntuarían con la nota máxima. Porque el cliente... etcétera etcétera.
Quizás ese sea el aspecto más peligroso de la frasecita, y es que hoy en día se ha extendido la etiqueta "cliente" donde antes había usuarios, comensales, pasajeros, espectadores... Me da la impresión de que todo se ha mercantilizado y lo más importante es la transacción comercial, incluso más que el propio servicio. El que paga manda. Y por eso tiene la razón.
El poder del dinero.

Bien. Imagino ahora al individuo que paga por una entrada a un partido de fútbol y cree que eso le da derecho a entrar a un estadio y desfogarse soltando toda especie de alaridos e insultos de que es capaz. Ha pagado y en ese pago cree que va implícito ese derecho. Es un cliente, no un espectador, y el cliente siempre tiene la razón. Al final, el cliente pierde las formas, ya sea en un avión (donde ya no es pasajero, sino cliente), en un restaurante (donde ya no es comensal, sino cliente) o donde sea. Por falta de riego se marchitan los gracias y los porfavores, que tan bien engrasaban la maquinaria del servicio. El trato se vuelve asimétrico, se pasa de lo servicial a lo servil y del uso al abuso. El dinero se hace protagonista, da derechos y quita derechos.
Y una vuelta de rosca más: las redes clientelares. Ese tráfico de concesiones y esas cadenas de "favores" basadas en el juego del dinero y los intereses. Corruptelas y ventajismos, a fin de cuentas. Clientes y más clientes, comprados y vendidos, todo por la pasta y el poder.
Porque los clientes siempre tendrán la razón.


 
Copyright © 2010 hic sunt dracones, All rights reserved
Design by DZignine. Powered by Blogger