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superluna

/ 14 nov 2016 /
Salía a la calle después de mis quehaceres en esta tarde ya anochecida (ay, el otoño avanzado) y cerca de un parque, con todo el cielo nocturno despejado y extendido para la ocasión, miré y vi la luna tan anunciada y tan publicitada. Lo reconozco, me impresionó. Aunque siempre me impresiona la luna llena.
Allí estaba ella, como un faro, tiñendo de plata todo a su alrededor. Su permanente rostro triste, su palidez y su serenidad. Intentando crear una atmósfera apacible entre los ruidos del mundo.

Pensé en lo que había leído sobre el tamaño que mostraría hoy. Que en realidad se iba a ver un poco más grande aunque apenas fuera perceptible la diferencia con otras noches de luna llena y todas esas cosas.
Creo que la vi mayor porque esperaba verla mayor. Por la ilusión.
Pensé en noches de luna llena, muchos años atrás, en la libertad de los veranos del pueblo. Fascinado con su brillo níveo. Pensé en que todavía me quedaban muchas hebras de ilusiones y de ingenuidad para tejer un tapiz de asombro con el brillo de un satélite lejano. Pensé que en aquellas noches también me parecía que la luna era enorme, gigantesca.
Y entonces pensé que quizás no haya sido nunca el tamaño de la luna, sino el de mis ojos.
Como en esta noche.



amarilis

/ 21 sept 2016 /
Después del desastre pasó mucho tiempo.

Una historia de amor dentro de una burbuja. Así lo describió la comandante Wind. Quiero decir, así lo describió Kyra. Ella me dijo que no siguiera llamándola "comandante Wind".
El bisabuelo de Kyra tenía un diminuto velero dentro de una botella de vidrio, yo nunca he visto algo parecido, solo puedo imaginarlo, y ella decía que nuestra relación era ese velero. Me lo decía con la ingenuidad de quien trata de explicar algo complejo utilizando figuras desconocidas. Es parte de su encanto.
Si el velero que solo puedo imaginar es el vínculo que no soy capaz de comprender, la vasija de vidrio que lo encierra es la nave que nos ha servido de habitación en todo el tiempo transcurrido desde el desastre, tiempo que ya no tiene sentido seguir midiendo. Esta nave ha devenido en reloj de arena, cuyos granos inmóviles son instantes retenidos, abalorios enhebrados en los rayos tenues de Amarilis.

Fue Kyra quien llamó Amarilis a la estrella HIP-87095s, el sol del sistema al que fuimos enviados. Dijo ella que la visión de su corona, la forma, el color, le recordaba a los pétalos de una flor suspendida y olvidada en la inmensa soledad del espacio.
Se trataba de una misión pionera en exploración espacial y el objetivo consistía en obtener toda la información posible de un planeta de ese sistema, que según los datos reunidos por la Agencia Espacial resultaba ser muy similar a la Tierra. El destino estaba situado a varios miles de años-luz de distancia, y la única manera de alcanzarlo sería surcando las entrañas misteriosas de un túnel de gusano que surgió de manera espontánea y sorprendente cerca de la órbita de Neptuno y que parecía lo bastante estable para la travesía. La situación era excepcional y no exenta de mucho riesgo. Pese a todo, no faltaron voluntarios, bien preparados y con ganas de vivir una aventura extraordinaria. A mí me encontraron una plaza como asistente de navegación y control de sistemas de a bordo, bajo las órdenes directas de la comandante Wind. De Kyra.

No lo sabíamos, la expedición estaba condenada al fracaso. Al llegar al sistema de HIP-87095s, informé enseguida de problemas en la Inspiration, la nave de nuestra odisea. El viaje había causado daños de gravedad y se precisaban trabajos mecánicos con urgencia. Con muchas dificultades habíamos logrado situar la nave cerca del planeta que debíamos explorar. Aunque en ese momento ya dábamos la misión por irrealizable. Aproximar la nave a su superficie significaría estrellarla contra el planeta. Se había perdido el control de funciones esenciales y no se lograban restablecer. Y el retorno se hacía imposible. No había ningún rastro de la perturbación por la que accedimos a este sistema solar. Las comunicaciones con la Tierra ya no funcionaban. Y peor aún, los sistemas de soporte vital empezaban a fallar. En el plazo de unos ciclos habíamos perdido a toda la tripulación. Ya solo quedaba Kyra. Y yo.

El fin de la misión fue el principio de algo nuevo. No tengo ninguna explicación para lo que sucedió, solo sé que sucedió. Cada jornada en la nave era una oportunidad más para seguir profundizando en el conocimiento, en las emociones, en los sentimientos. Lo que iba a ser una exploración de un mundo nuevo se convirtió en una exploración personal y también en la de dos mundos muy distintos puestos en contacto. Kyra lo llamó amor. Pero el tiempo corría a la vez a favor y en contra. A favor porque cada ciclo era un regalo de valor inestimable. En contra porque cada zarpazo dado al tiempo era un zarpazo a la vida. Una marcha ineluctable en una cuenta atrás. Solo me acompañaban Kyra, el planeta sobre el que la nave lleva orbitando una breve eternidad y Amarilis. La esperanza de supervivencia o rescate había abandonado la nave hacía mucho.

Acaba de amanecer. Los rayos rojizos de Amarilis asoman sobre la esfera rocosa que jamás pudimos explorar. Kyra no lo ha podido ver. Al terminar el último ciclo se encerró, ya exhausta, en la única cabina funcional de soporte vital avanzado. La vida abandonó su cuerpo hace unas horas. Ya nunca despertará, ya nunca volverá a contemplar la salida de Amarilis sobre el planeta. Todo ha terminado. La nave tiene energía suficiente para mantenerse en la órbita hasta la improbable llegada de otra expedición de la Tierra. El túnel se extinguió de forma inexplicable y no conozco la manera en que otra nave terrícola pueda llegar hasta la Inspiration. A pesar de todo, aquí podría seguir este cascarón hasta entonces, siendo el sarcófago de una tripulación de cadáveres.

Debería cumplir con mi programación y quedarme aquí, aunque fueran eones, para contarles a quienes vinieran los detalles de nuestra desdichada epopeya. Pero tengo un plan mejor. A Kyra le gustaban las flores y creo que ha llegado el momento de romper la botella que mantenía encerrado al velero. Ha llegado el momento de fundir mi software y mi hardware con su alma.
Introduzco el nuevo destino... trazo la ruta... calculo el tiempo... pongo los motores a la máxima potencia posible... hacia el corazón de Amarilis.


luna

/ 7 may 2015 /
En algún sitio había leído que en este mes de mayo de 2015 se cumplirá la coincidencia de que en cada uno de sus cuatro lunes la Luna se encontrará también en cada una de sus cuatro fases principales. El día 4 fue plenilunio, el 11 será cuarto menguante, el 18 novilunio y el 25 cuarto creciente. Quizás la "gracia" del asunto esté en que el nombre del día (lunes) está puesto en honor a la Luna y que la coincidencia de los lunes con las fases principales durante un mes es algo que sucede nada más que dos o tres veces cada siglo.

Precisamente, el 4 de mayo por la noche también me enteré del fallecimiento del periodista Jesús Hermida. Tenía 77 años y murió en una noche de luna llena. Hermida era corresponsal de TVE en New York en el año 1969, cuando retransmitió la llegada del primer ser humano a la superficie del vecino satélite. Era la misión Apollo 11 de la NASA y fue Neil Armstrong quien plantificó su huella sobre el polvo lunar mientras pronunciaba aquella frase tan repetida posteriormente del pequeño paso y el gran salto. "That's one small step for man, one giant leap for mankind". No sé qué estaba haciendo mi madre en ese preciso instante, si estaba presenciando el gran acontecimiento o si estaba ocupada en otros menesteres. Lo que sí sé es que ese veraniego 20 de julio yo estaba calentito dentro de ella a poco menos de un mes de asomar la cabeza a este mundo de lunáticos. Y ser un lunático más en el mundo de los lunáticos.

La primera persona que puso su pie en la Luna fue Neil Armstrong. La última, hasta la fecha, ha sido el astronauta Eugene Cernan, el 11 de diciembre de 1972, apenas 3 años y unos meses después. Cernan fue el comandante de la misión Apollo 17 de la NASA, la última del Programa Apollo con destino a la Luna (en las posteriores, el destino fue la estación espacial Skylab). Cuando Cernan abandonó el satélite, junto a la huella de la última pisada de su pie en la superficie lunar, dibujó con el dedo en el polvo las iniciales del nombre de su hija: TDC, Teresa Dawn Cernan. En una entrevista, el propio astronauta contaba que allí siguen y seguirán durante siglos esas iniciales junto a la huella, puesto que al no haber atmósfera en la Luna, ni viento ni lluvia podrán borrarla. Tampoco nadie que pase por allí. Lo que no ha tenido en cuenta es que alguna diminuta piedrecita espacial impacte sobre la superficie lunar, precisamente por la carencia de atmósfera, y con el choque levante una polvareda que termine por hacer el mismo efecto que un borrador sobre la pizarra de un aula. En fin, aun así será como cuando Saint-Exupéry miraba las estrellas, sonando como cascabeles, con la noticia de que la rosa de su petit prince seguía luciendo toda su hermosura a salvo del cordero.

Contemplar un cielo nocturno despejado puede ser muy revelador. La Luna es apenas la puerta de acceso a un espacio gigantesco. La palabra "gigantesco" incluso es ridícula para calificarlo, pero.
Es cierto que "Tierra" seguirá siendo un término que se use para referirse a la Humanidad. Es el hogar por excelencia. Por más que se hable de la exploración espacial o de la posibilidad de colonizar otros planetas, eso no cambiará. Sin embargo, la exploración del cosmos, el haber llegado al umbral de esa puerta redonda, de plata, tan próxima y a la vez tan distante, no solo ha sido un gran salto para la Humanidad. También ha sido un gran baño de humildad.
Qué minúsculos se deben de percibir, desde allí arriba, los desvelos, los sinsabores, las preocupaciones, las ambiciones, las rivalidades, los éxitos, las enemistades, las alegrías y las penas de los humanos. Qué silencio, qué tranquilidad, qué diferente perspectiva. Qué pequeños, los hombres. Qué insignificantes y a la vez qué preciosos y singulares.

"La canica azul", la Tierra vista desde el espacio,
nombre que se dio a esta famosa foto tomada por Eugene Cernan en el transcurso de la misión Apollo 17.


 
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